10 August 2022
EL BOMBARDERO ALEMÁN QUE HIZO HISTORIA
Por Jorge Baldino
8 min de lectura
Gerd Müller es uno de los máximos goleadores de la historia del fútbol. Es poseedor de una innumerable cantidad de récords, que permanecen inalterables a lo largo del tiempo. Símbolo del Bayern Münich y de la selección de Alemania, es considerado el centrodelantero más importante de ese país.
Gerd Müller nació el 3 de noviembre de 1945 en Nördlingen, una localidad de 20 mil habitantes del estado de Baviera, en una Alemania aun convulsionada por los vestigios de la Segunda Guerra Mundial. Las calles de su pueblo fueron el lugar en el que comenzó su relación con el fútbol. Jugaba en descampados llenos de adoquines, en un piso completamente imperfecto, que hacía imposible controlar la pelota, menos para él. Justamente, los controles orientados y sus giros, tan repentinos como veloces, fueron una de las armas primordiales en su carrera.
Empezó a jugar de forma federada a los 12 años en el TSV 1861 Nördlingen y rápidamente demostró que tenía un increíble olfato para el gol. En la temporada 1962/63 anotó 240 goles, contando los partidos oficiales y amistosos. Cuando cumplió 17 años, jugó para el equipo senior y no dejó dudas: 47 goles en 28 partidos. El estadio se llenaba solo para ver jugar a ese delantero bajito y rechoncho, que no tenía ninguna similitud física con los centrodelantero alemanes de esa época, pero que, sin embargo, no dejaba de acribillar a cuanto arquero se le cruzara. El mismo estadio que en 2008 pasó a llamarse Gerd Müller Stadion en su honor.
Sus goles llamaron la atención del gigante F.C. Bayern Münich, que lo compró por la suma de 4.400 marcos alemanes. En ese momento, el Bayern disputaba un torneo regional, algo similar a una cuarta división. Con la llegada de Müller y también con nombres que luego serían leyendas del futbol alemán, como Franz Beckenbauer y el arquero Sepp Maier, llevaron al Bayern a convertirse en lo que hoy todos conocen: uno de los equipos más importantes del fútbol mundial. Sin embargo, Müller debió romper varios prejuicios que había en su contra: la prensa y hasta mucho de sus compañeros no tenían demasiada confianza en él por su aspecto físico. Veían que no tenía un físico adecuado (medía 1.76 mts y pesaba 75 kg) y que no iba a poder ganarse un lugar. “Mi mayor descubrimiento es el pequeño y gordito Müller”, dijo con mucha ironía el entrenador, Tschik Cajkovsky, cuando lo consultaron sobre su fichaje. Todas esas dudas se disiparon en la cancha: en la temporada 1964/65 Müller convirtió 39 goles para llevar al Bayern al ascenso y jugar la Bundesliga.
Con el paso de los años se convirtió en el “Bombardero de la Nación”, aunque muchos también lo llamaban “Torpedo”, por su abrumadora aceleración y sus rápidos movimientos en espacios reducidos. Müller era un centrodelantero con una voracidad goleadora fuera de lo común, con un timing increíble y una gran capacidad de salto debido a la musculatura de sus piernas. El área siempre fue su hábitat natural, su lugar de confort. Nunca se conformaba con los goles que convertía, siempre quería más. Hasta sus compañeros tenían que calmarlo en algunas ocasiones, porque siempre pensaba que no era suficiente lo que hacía. El Bayern se convirtió en su familia, su segunda casa, donde se lo solía ver siempre en la concentración junto a uno de sus grandes amigos, Franz Beckenbauer, también compañero en la selección. Sus números en el club impresionan: a lo largo de su carrera ganó 13 títulos (incluido el tricampeonato de la Copa de Europa de 1974/75/76 y la Copa Intercontinental de 1976) y marcó la friolera de 566 goles en 607 partidos oficiales. Fue siete veces goleador de la Bundesliga, cuatro de la Copa de Europa y 2 veces mayor goleador de Europa. Aun hoy es el máximo goleador de todos los tiempos de la Bundesliga, con 398 goles en 453 partidos.
Con la selección alemana disputó dos Mundiales: en México 1970 fue el goleador del torneo, con 10 goles. En Alemania 1974 jugó en su país, con el aliento de su gente y si bien convirtió menos goles que en tierras aztecas (fueron 4), el 7 de julio, en la final del torneo, dejó su nombre impreso en la galería de los grandes goleadores de todos los tiempos: con una definición típica para él -control orientado, media vuelta y derechazo cruzado- metió el 2 a 1 con el que Alemania le ganó a la Holanda revolucionaria de Johan Cruyff y su fútbol total y se convirtió en campeón del mundo. Dos años antes, en la final de la Eurocopa, también había dejado su marca: dos goles en la final ante la URSS para que Alemania fuera campeón de Europa. Con la selección anotó 68 goles en 62 partidos, un promedio de 1.09 goles por partido, cifras impensadas para esta época. Es el segundo máximo goleador de la historia de la selección alemana, detrás de Miroslav Klose (71 goles en 137 presencias) y el tercer goleador histórico en los mundiales, con 14 conquistas, detrás de su compatriota Klose (16) y el brasilero Ronaldo (15).
En 1979 dejó el Bayern y siguió el consejo de su amigo Franz Beckenbauer para ir a jugar a Estados Unidos. El “Kaiser” jugaba en el Cosmos de Nueva York junto al rey Pelé y a otras figuras. Müller estuvo dos años en el Fort Lauderdale Strikers y, como no podía ser de otra manera, cumplió con su trabajo: regaló 38 goles en 71 partidos. Cuando volvió a Alemania, el retiro de las canchas lo sumergió en una gran depresión, lo cual se sumó a varias malas inversiones que lo hicieron perder mucho dinero. Debido a eso, Müller comenzó una lucha diaria contra su adicción al alcohol, por la que debió internado en algunas ocasiones. Sin embargo, con los años se pudo recuperar, gracias a su familia y sus amigos del futbol, que nunca le dieron la espalda: Beckenbauer, Uli Hoenes (quien fue manager del Bayern), Berti Vogts (entrenador de la selección) y Uwe Seeler, entre otros, a quienes se los pudo ver visitando a su amigo en la clínica de rehabilitación. «Me destrocé la vida. Si pudiese recuperar el tiempo no dejaría de hacer lo que hice en el fútbol aun sabiendo lo que me ha sucedido ahora. Fue demasiado aburrido para mí no hacer nada durante todo el día, encontrarme sin trabajo», dijo en una entrevista hace varios años, cuando le preguntaron sobre su adicción.
En 1992 volvió a su casa, el Bayern Münich, donde lo ayudaron a alejar sus fantasmas y le dieron trabajo como entrenador de las divisiones menores. Allí dirigió, entre otros, a jugadores que luego serían campeones del mundo como Philipp Lahm, Bastián Schweinsteiger y su homónimo, Thomas Müller. “Trabajé con él en el segundo equipo del Bayern y realmente aprendí muchísimo. Sobre todo, a cómo debía comportarme dentro del área, a pesar de tener físicos muy distintos. Lógicamente, no pude copiarlo al 100 %”, confesó Thomas en una conferencia de prensa sobre las enseñanzas del Bombardero. En 2011, viajó a Italia junto a las divisiones inferiores y lo encontraron deambulando por las calles de Trento, de forma desorientada. Era evidente que algo no estaba con su salud. De todas formas, recién en 2015 tanto su familia como el club informaron de forma oficial lo que sucedía: Müller padecía Alzheimer.
Sus últimos años de vida los transitó en una residencia para adultos, donde le dieron todos los cuidados posibles. También estuvo contenido por su mujer Uschi y su hija, que siempre lo acompaño en todo momento. «Se pasa las 24 horas del día en la cama y tiene pocos momentos de lucidez. Es hermoso cuando abre un poco los ojos. A veces logra decir sí o no, moviendo las pestañas. Está tranquilo y en paz, creo que no tiene dolor. Es como si caminara dormido hacía el final», decía su esposa en noviembre pasado a un diario alemán. Ese final llegó el domingo 15 de agosto: Müller falleció durante la madrugada, a los 75 años.
“Tenía movimientos increíblemente dinámicos, como un conejo salvaje cuando huye”, comparó el gran arquero Sepp Maier. “Tal vez no fue el mejor, pero si fue el jugador más importante de la historia del Bayern Münich”, dijo su amigo Franz Beckenbauer. El Bombardero de la Nación, el Torpedo, el delantero bajito, de piernas cortas, que aniquiló completamente los prejuicios sobre su físico, su estatura y su apariencia con su arma predilecta: el gol. Con el solo hecho de escuchar o leer su nombre, la asociación es automática: decir Gerd Müller es sinónimo de gol. Tan simple y tan extraordinario como eso.
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